“¿Cómo voy a aceptar una medalla de alguien que hace recortes?”: Maruja Ruiz

Entrevista a Maruja Ruiz, Publicada a contraportada de la revista Carrer, nº121, desembre 2011. Por Luis CALDEiRo, Ignasi R. Renom, fotografia (Consultar Pdf)

Tiene 75 años, pero aún sigue siendo  guapa. Y no sólo por el gesto que  protagonizó recientemente (que también) sino por sus grandes  ojos azules, su amplia sonrisa y el pelo  ensortijado y cano que le enmarca la cara.
Se trata de Maruja Ruiz Martos, la mujer que el pasado 28 de noviembre rechazó públicamente la medalla de Honor de Barcelona que concede el Ayuntamiento, dejando estupefacto al mismísimo alcalde  Trias. “¿Cómo voy a aceptar una medalla  de manos de una persona que, por un lado, me la da por mi valor, y por otro, pertenece a una clase política que hace recortes en Educación y Sanidad, los dos pilares más importantes de un país? No, esos no son mis principios”.

Así de contundente se  expresa esta mujer menuda, de aspecto frágil, que se define a sí misma como “mujer trabajadora en su día, pensionista  ahora, luchadora social y con convicción de pensamiento comunista”. Su gesto, de una dignidad casi subversiva, nos cuestiona en esta época de cobardía generalizada, en la que todo el mundo mira para otro lado, tratando de salvar la propia piel. Nos cuestiona y a la vez nos redime: se diría que con gente como Maruja, no todo está perdido. “Llegué a Barcelona en 1949, procedente de Guadix, Granada”, recuerda, e inmediatamente deja claro que su vida nunca fue fácil: “a mi padre lo detuvieron con diecinueve años, por pertenecer a la CNT. Y a mi madre, cuando me tuvo a mí, también la encarcelaron”.

La llegada a Barcelona no significó, por cierto, el final de los problemas: “a mi madre le estafaron todo el dinero nada más bajarse del tren, en la estación de Francia”. Fue entonces cuando unos vecinos que vivían en unas barracas de la calle Capitán Arenas (“entre los que se encontraba mi futuro marido, Hernando”) las recogieron, trasladándose más tarde a las llamadas “Viviendas del Gobernador”, construidas a raíz del Congreso Eucarístico. Eran las primeras casas levantadas en una zona de viñedo que más tarde sería conocida como Nou Barris. Aquí comienza la historia de Maruja, la luchadora: “participé en la  huelga de tranvías del 51, y en la fundación de la primera asociación de vecinos de Nou Barris, a principios de los 70. En este barrio todo lo hemos conseguido luchando: desde el Cinturón hasta el metro, pasando por el asfaltado de las calles, la llegada del autobús a Torre Baró o la construcción de esta plaza (la de Ángel Pestaña)”.

La lista de conquistas alcanzadas no se detiene ahí: “este Casal donde estamos, el del barrio, es fruto de nuestra lucha. Y por el Casal de enfrente, el de la Gent Gran, estuvimos batallando durante diecisiete años. También peleamos por los semáforos y contra los abusos en el recibo del agua, estuvimos una década”. Aunque reconoce que los métodos que empleaban entonces hoy serían inviables: “en este Casal querían construir un bloque de pisos y  también un transformador. Y nosotros por la noche recogíamos los coches viejos que encontrábamos y los apilábamos en el solar, paraque no avanzaran las obras. Hasta desmontábamos la grúa de los albañiles”. Esta es la mujer a quien las asociaciones vecinales de Nou Barris propusieron hace un año como candidata a la Medalla de Honor de la Ciudad. Propuesta que, sorprendentemente, fue luego ratificada por unanimidad en sesión plenaria del Distrito. “Me votaron hasta los partidos de derechas”, comenta. Pero todo el mundo sabía quién era Maruja Ruiz: hasta el alcalde, en la foto que se hizo con ella antes de la ceremonia de entrega, le espetó: “Yo a ti te conozco. Eres una revolucionaria”.

Todo parecía calculado al milímetro por el Ayuntamiento. Nada, en principio, debía fallar: “nos convocaron a una reunión previa a todos los que íbamos a ser condecorados. Y allí te decían que había un protocolo que no podías saltarte: en la ceremonia, un locutor te nombraría, tendrías que levantarte y acudir al estrado, el locutor haría una breve semblanza de tu persona, y a continuación,el alcalde te impondría la medalla. Luego, debías volver a tu silla”. ¿Y se te permitía dirigir unas palabras al público? “No, eso era saltarte el protocolo”.Pero Maruja tenía un plan. “Todo sucedía muy rápidamente” –recuerda- “una tras otro iban desfilando para recibir la medalla”. Cuando le tocó su turno, Maruja vaciló unos segundos al subir los peldaños que conducían al estrado. “No era miedo” –asegura- “es que esperaba a que se acabaran los aplausos. Es que si no, no se me iba a oír”. Y en el momento en que Xavier Trias, flamante alcalde de Barcelona,  le iba a poner la medalla, se oyó la voz de la vieja luchadora: “¿por favor, me permite dos palabras?”. “Cómo no”, contestó el alcalde. Y entonces ocurrió lo impensable, lo que ningún protocolo hubiera previsto: “me siento muy orgullosa y agradecida a las personas que me han propuesto para esta medalla” –dijo- “pero no puedo recibirla de manos de quien está haciendo recortes en educación y sanidad”. El alcalde, grogui, trató nuevamente de ponerle la medalla, a lo que Maruja replicó: “te he dicho que no la quiero”. Y tal como vino, así se fue: con su verdad a cuestas,

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